jueves, 3 de diciembre de 2015
Ser médico es fácil
viernes, 17 de julio de 2015
Terapias
martes, 5 de mayo de 2015
Crisis
Hasta allí llega el paciente añoso, bastante desmejorado, con evidentes signos de desnutrición crónica y soportando los trastornos ocasionados por una disuria manifiesta; es interrogado brevemente por el jefe del área, especialista con muchos años de experiencia y una carrera prestigiosa, en la que no falta el antecedente de una pasantía prolongada en hospitales yanquis.
Terminado el corto exámen, surge con claridad la necesidad de recurrir a estudios complementarios para arribar a un buen diagnóstico.
"Fulano", indica el jefe a uno de sus jóvenes colaboradores, "acompañelo al señor hasta el labratorio, que le hagan un sedimento y le dejás todo indicado para un urocultivo, que mañana venga con la muestra".
Pasan unos minutos y oaciente y médico están nuevamente en el consultorio.
- Doctor, al sedimento sólo se lo hacen si es un paciente de la guardia; en cuanto al urocultivo no hay problemas, pero el señor tiene que comprarse el recipiente de recolección, porque en el laboratorio ya no les quedan más.
- Bueno, mirá, hagamos una cosa, llevalo a rayos y que le den un turno para un urograma excretor - resuelve ahora el responsable (no se conocía aún, para el momento de la historia, la muy popular ecografía).
El tiempo transcurre con rapidez esa mañana y el enfermo vuelve una vez más a Urología.
"Discúlpeme, doctor" - interrumpe con respeto el hombre -, "pero en rayos me dicen que el equipo no está funcionando para el estudio que me pide, que quizás el mes que viene me puedan dar un turno..."
El especialista explota en palabrotas; es un tipo extrovertido, jovial, muy ocurrente, dotado de paciencia y acostumbrado a enfrentar los problemas con mucho pragmatismo, pero claro, las dificultades cotidianas y la repetición de situaciones como éstas han comenzado a minar su conformismo; se calma, reflexiona unos instantes y vuelve al paciente.
"Vamos a realizar un tratamiento sintomático entonces... ¡fulano!, vuelve a dirigirse a su joven colega, "mandalo con una receta a la farmacia y que le provean los medicamentos", indica después de precisar con detalle dosis y remedios.
El regreso del doliente es aún más rápido esta vez.
"Doctor, la farmacia cerró a las trece horas, me dijo una enfermera en el pasillo que vuelva a la mañana bien temprano, pero yo no estoy bien y como le dije, vivo en Florencio Varela..."
El conocido urólogo siente que ha llegado al límite de su resistencia, no encuentra acción alguna que pueda procurarle alivio al pobre enfermo; se queda pensativo, se rasca la cabeza unos momentos y volviéndose hacie el descorazonado anciano le apoya una mano sobre el hombro al tiempo que - dejando correr su irónica amargura - le dice:
"Vea mi amigo, el Estado ha dispuesto que usted se tiene que morir", el pobre diablo abre grande sus ojos, "así que ahora se me va...", abriendo y cerrando su mano sobre las magras carnes del paciente, "... y se me sienta en el cordón de la vereda a esperar que le llegue la muerte..."
Nota: Esto sucedió en realidad hace unos cuarenta años; quizás lo más doloroso es que podría haber sucedido ayer y en cualquiera de nuestros hospitales.
viernes, 14 de noviembre de 2014
14 - De un pasillo a las calles
lunes, 12 de noviembre de 2012
Feria Internacional del Libro de santiago 2012
Desde hace unos años no compro libros a menos que los haya leido y sepa que valen la pena, o sean tan irresistibles que luego no lamente quedar desfinanciada una temporada. Para evitar peligros, iba con un presupuesto muy ajustado y 2 principios: Sólo libros de poesía o infantiles y en una edición bonita.
Trágicamente, los que cumplian con ambos puntos estaban a un valor excesivo (es lo que pasa cuando pones requisitos demasiado altos de partida), pero eso le agregó diversión a la búsqueda. Entre los codiciados estuvieron un libro de cuentos de hadas, uno de Klimt y varios de poesía bilingüe.
No quiero presumir, pero soy capaz de entender las ideas principales de los textos en varios idiomas, y me encanta cómo suena el francés. Además la poesía más que entenderla hay que sentirla, y dejar que los sonidos te rodeen.... y así fue cómo al abrir una pagina al azar, me enamoré de ese libro
Dans mon chagrin, rien n’est en mouvement
J’attends, personne ne viendra
Ni de jour, ni de nuit
Ni jamais plus de ce qui fut moi-même
Mes yeux se sont séparés de tes yeux
Ils perdent leur confiance, ils perdent leur lumière
Ma bouche s’est séparée de ta bouche
Ma bouche s’est séparée du plaisir
Et du sens de l’amour, et du sens de la vie
Mes mains se sont séparées de tes mains
Mes mains laissent tout échapper
Mes pieds se sont séparés de tes pieds
Ils n’avanceront plus, il n’y a plus de route
Ils ne connaîtront plus mon poids, ni le repos
Il m’est donné de voir ma vie finir
Avec la tienne
Ma vie en ton pouvoir
Que j’ai crue infinie
Et l’avenir mon seul espoir c’est mon tombeau
Pareil au tien, cerné d’un monde indifférent
J’étais si près de toi que j’ai froid près des autres.
...
jueves, 25 de octubre de 2012
Un sueño dentro de un sueño
Y, en el momento de abandonarte,
déjame confesarte lo siguiente:
no te equivocas cuando consideras
que mis días han sido un sueño;
y si la esperanza se ha desvanecido
en una noche o en un día,
en una visión o fuera de ella,
¿es por ello menos ida?
Todo lo que vemos o parecemos
no es más que un sueño en un sueño.
de una ribera atormentada por las olas,
y aprieto en la mano
granos de arena de oro.
¡Qué pocos y cómo se escurren
entre mis dedos al abismo,
mientras lloro, mientras lloro!
¡Oh Dios!, ¿no puedo yo estrecharlos
con más ceñido puño?
¡Oh, Dios!, ¿no puedo salvar
ni uno, de la despiadada ola?
¿Todo lo que vemos o parecemos
no es más que un sueño dentro de un sueño?
sábado, 18 de agosto de 2012
La chica que tenía un corazón de gaviota
por poder volar?
Esto es lo que han
hecho los pajaros
-que es el de los equilibristas-
por nada suspira tanto
como por esa lluvia tonta
que casi siempre trae el viento,
que casi siempre trae el sol.
jueves, 5 de julio de 2012
Coronado Sueño
miércoles, 13 de junio de 2012
Miedos
Miedo Global
jueves, 17 de mayo de 2012
El que sirve
domingo, 1 de abril de 2012
Poema LIII
Pero aquellas que el vuelo refrenaban
Volverán las tupidas madreselvas
Pero aquellas cuajadas de rocío
Volverán del amor en tus oídos
Pero mudo y absorto y de rodillas,
martes, 13 de diciembre de 2011
Cuando no sabes qué hacer a continuación
Leí un libro que me hizo morir de risa, "La reina de la casa" de Sophie Kinsella, sobre una abogada que ha luchado toda su vida por ser socia en un buffette muy importante; ha sacrificado su vida personal, casi su identidad, y el dia que lo logra encuentra un error que pone su vida de reves. No podia dejar de identificarme con Samantha... claro que a menor escala, pero en diversos momentos de la vida todos nos sentimos perdidos o desorientados. Y en un momento alguien le da un consejo tan practico que he querido citarlo:
No te tortures por no saber todas las respuestas. No siempre tienes que saber quién eres. No siempre tienes que controlar la situación, ni saber hacia dónde te diriges. A veces basta con saber qué vas a hacer a continuación.Así que seguimos paso a paso. Si los planes no salen como queríamos al principio, tenemos 27 letras mas en el alfabeto para seguir diseñando nuevos planes... y si no logras planear nada, por lo menos puedes pensar que a continuacion simplemente vas a comer algo rico, como helado o chocolate...
martes, 8 de noviembre de 2011
Perdida
O, al menos, eso le pareció a Manuel.
Llevaba un buen rato observándola con desconfianza, esperando que se marchara sin causar problemas. Era la víspera de Navidad, y de momento la tarde se estaba desarrollando sin incidentes. Pero aún quedaba un rato antes de que las tiendas empezaran a cerrar, y toda la noche por delante.
Estaba de mal humor. Le había tocado trabajar en Nochebuena, y aquella extraña muchacha que iba de un lado para otro haciendo cosas raras no contribuía a mejorar su estado de ánimo.
Parecía una indigente, aunque no molestaba a los clientes pidiendo limosna, ni tampoco estaba buscando comida, o al menos a Manuel no le dio esa sensación. Vagaba desorientada por el centro comercial, un maremágnum de gente, de ruidos… de luces.
Las luces le llamaban la atención. Bombillas multicolores en los escaparates de todas las tiendas, disfrazando los muros de los grandes almacenes en un mosaico que atrapaba su mirada una y otra vez.
Y daba unos pasos en una dirección, hacia el brillante cartel que anunciaba “Feliz Navidad” sobre la puerta de una tienda de moda; pero se detenía a mitad de camino, y entonces daba media vuelta y avanzaba con timidez hacia un Papá Noel que presidía otro de los escaparates, y cuyo gorro rojo estaba cuajado de bombillas que, de nuevo, atraían su atención. Se daba cuenta entonces de que no era eso lo que buscaba, y seguía dando vueltas, desconcertada y confusa.
Manuel observaba sus pasos vacilantes, desde su puesto cerca de la entrada principal del edificio. No sabía si echarla o no. De momento, la chica no hacía nada malo.
Llevaba ya muchos años trabajando como guardia jurado, y por norma general no intervenía si no lo consideraba necesario. Aunque eso no impedía que estuviera alerta, vigilando con atención a todo el que pudiera causar algún conflicto en un momento determinado.
Deseó, de todas formas, que la chica se cansase de dar vueltas por allí y se marchara a cualquier otra parte. Lo último que quería era tener problemas la víspera de Navidad.
La gente andaba muy atareada aquellos días. Todos con prisas, de una tienda a otra, eligiendo regalos, cargados con bolsas, y con aquel aspecto agobiado. Algunos sí se habían quedado mirando a la chica que deambulaba desorientada por los pasillos; contemplaban, con lástima o con reprobación, sus ropas ligeras, viejas y gastadas, sus pies descalzos. Pero sus ojos resbalaban sobre ella y la olvidaban enseguida, hechizados por las luces, la música, el ajetreo de la zona comercial. Si la hubieran observado con atención, se habrían dado cuenta de que aquella muchacha no parecía sentir frío, y apenas era consciente incluso de que llevaba ropa encima. Vestía de forma descuidada, como si cubriera su cuerpo más por imitación que por verdadera necesidad de taparse. Eso intrigaba a Manuel. ¿De dónde habría salido aquella muchacha? No pasaría de los diecisiete o dieciocho años; y, sin embargo, parecía actuar como una niña de cinco.
La vio sentarse en un rincón, exhausta, y echar un vistazo desalentado a su alrededor. Daba la sensación de que ni siquiera sabía cómo había llegado hasta allí. La atraían las luces, eso estaba claro. Era como si buscase una en particular, pero no la encontrase en medio de aquel estallido de reflejos y destellos.
Manuel sacudió la cabeza, perplejo. Abandonó su puesto junto a la puerta para acercarse un poco más a ella y vigilarla discretamente desde la entrada de la pizzería. Prefería no perderla de vista, y, por otro lado, si ella se daba cuenta de que el guardia estaba pendiente, tal vez se pusiera nerviosa y se marchara.
No obstante, la muchacha no hizo nada de eso. Permaneció allí, sentada en el suelo, abatida, y no le prestó más atención que al resto de las personas que recorrían el centro comercial.
Alguien dejó caer una moneda frente a ella. Manuel pensó que tal vez sí había ido a mendigar allí. En tal caso, se dijo, tendría que echarla.
De nuevo, la actitud de aquella chica lo sorprendió. La vio coger la moneda y contemplarla con curiosidad y cierta perplejidad, como si no supiera qué clase de objeto era aquél. La olió y hasta se arriesgó a mordisquearla. Descubrió, obviamente, que no era comestible, y la tiró a un lado, con indiferencia, un poco decepcionada. Una señora, que la observaba, exclamó:
—¡Será desagradecida!
Manuel empezaba a pensar que la muchacha simplemente estaba loca. Tal vez se había escapado de algún psiquiátrico. Se retiró un poco para hablar con uno de sus compañeros a través del walkie:
—Oye, Luis, que tengo a una tía un poco rara por aquí.
—¿Cómo de rara?
—Pues parece una indigente, pero hace cosas que… Más que una chica parece un perrillo perdido, va de un lado a otro un poco despistada… No sé si tirarla, macho, es que me da pena. Fuera se va a congelar de frío, y de momento no da guerra.
—Ya, pues como la vean los jefes… A los chuchos perdidos también los echamos, por muy bien que se porten, ¿no?
—No te pases, tío, que es una mujer, no un perro.
—¿Le has dicho algo?
Manuel abrió la boca para contestar, pero se calló lo que iba a decir: que no quería acercarse mucho a ella por temor a asustarla. Pensó que aquello era un poco estúpido, de todas formas.
—No, ahora voy.
Cortó la comunicación y se acercó a la muchacha, inseguro.
Entonces vio que de pie, junto a ella, se había detenido una niña que parecía una mullida pelota, envuelta en un grueso abrigo rosa, con un gorro y una bufanda que le tapaban la cara casi por completo, dejando ver solamente unos expresivos ojos castaños.
Las dos se miraron. La chica perdida sonrió a la niña y le tendió la mano, tal vez ofreciendo su amistad, tal vez implorando ayuda. La niña nunca llegó a saberlo, porque su madre tiró de ella para alejarla de aquella extraña joven. Manuel oyó aún su voz, protestando:
—¡Era un ángel, mamá!
No pareció que la muchacha entendiera sus palabras ni se diera por aludida. Manuel la contempló un momento.
Un ángel…, qué imaginación tienen los niños. Pero Manuel pensó de pronto, que, desde luego, aquella chica resultaba lo bastante peculiar como para no parecerse a ninguna otra que hubiera conocido.
Se inclinó junto a ella; la muchacha levantó la cabeza para mirarlo con unos enormes ojos oscuros, abiertos de par en par, curiosos y sin asomo de temor.
—¿Te has perdido? —le preguntó Manuel, con el tono de voz que habría utilizado para hablarle a un niño pequeño.
Aun así, la muchacha lo miró sin comprender.
“Vaya por Dios”, pensó el vigilante. “No habla mi idioma”. Seguramente sería una de esos inmigrantes que venían de Europa del Este o de algún sitio similar. Lo intentó de nuevo, gesticulando mucho:
—¿Tienes hambre? ¿Quieres comida?
Calló enseguida, sintiéndose ridículo. La chica lo contemplaba fascinada y divertida, con sus grandes ojos fijos en la boca de él, como si le resultara chocante oír salir de ella aquellos sonidos tan curiosos. Definitivamente, o estaba loca o era muy, muy rara.
—Bueno, espera aquí —farfulló—. Veré si puedo traerte algo de comer, ¿vale?
Ella le dedicó una radiante sonrisa, que iluminó su rostro sucio y cansado.Veía algo en ella, tal vez ingenuidad, inocencia… algo encantador, diferente, que hacía que Manuel sintiese ganas de protegerla.
La dejó allí, sentada en el suelo, y se dirigió a la bocatería más cercana.
Cuando volvió a salir, momentos más tarde, con un bocadillo de jamón y un botellín de agua, la chica se había marchado.
Maldiciendo por lo bajo, Manuel recorrió todo el pasillo, buscándola, hasta desembocar en la plaza principal del complejo.
El centro comercial estaba construido en torno a un inmenso árbol centenario que no habían derribado porque los ecologistas de la región pusieron el grito en el cielo. De manera que allí se quedó, y las tiendas crecieron en torno a él, dejándolo en el centro del complejo, como punto de referencia. Ahora estaba engalanado con todas las luces y adornos de Navidad, y una enorme estrella relucía en su rama más alta.
Y la extraña chica estaba allí, al pie del árbol, contemplando, extasiada, aquella orgía de luces, luces rojas, azules, verdes, amarillas… todas tan brillantes, que parpadeaban, y se encendían, y se apagaban, y bañaban su rostro con su suave resplandor.
Manuel se detuvo a pocos pasos de ella y la miró. Se leía en su expresión una huella de profunda nostalgia, como si el árbol, o las luces, o tal vez ambas cosas, le recordaran a algo perdido tiempo atrás, que añorara con todo su ser. Alzó la mano, maravillada, y rozó las ramas bajas con profunda ternura. Después tocó una de las luces rojas con la punta del dedo, con precaución, como si esperara quemarse. Pareció sorprendida al comprobar que no era así.
Cogió la bombilla con los dedos y tiró de ella. Se resistía a separarse del árbol, por lo que tiró con más fuerza. Contempló, fascinada, la sarta de luces que salían detrás de la primera.
Manuel reaccionó y se apresuró a acercarse a ella.
—¡Eh, eh! ¿Qué haces? ¡Deja eso!
La muchacha lo miró sin comprender, e insistió en tirar de las bombillas. Manuel la agarró del brazo y trató de arrebatarle las luces. La chica gimió, angustiada, y se debatió con la desesperación de un animalillo atrapado en una trampa. Manuel la soltó, un poco intimidado. Ella dio un fuerte tirón y echó a correr, llevándose la ristra de bombillas detrás.
Manuel corrió tras ella, enfadado y desconcertado. Algunas personas se habían parado a contemplar la escena, y el vigilante se sintió muy ridículo y furioso consigo mismo por no haber echado a aquella chica del centro horas atrás.
Al cabo de unos momentos se detuvo, frustrado. La había perdido de vista.
No volvió a toparse con ella en toda la tarde, y abrigó la esperanza de que se hubiera marchado.
Aquel día, las tiendas cerraban mucho antes que de costumbre. Manuel asistió, con amargura, a la marcha de los clientes y de los dueños de los comercios, que regresaban a sus casas para celebrar la Nochebuena, y los envidió en silencio.
Cuando el centro comercial quedó en calma, solitario y a oscuras, Manuel hizo una nueva ronda por los pasillos. Le dolía la cabeza, seguramente a causa de aquel disco de villancicos que había estado sonando por megafonía toda la tarde, machaconamente. Se consoló pensando que una de las ventajas de hacer el turno de noche era que no tendría que soportar aquella música.
Estaba pensando en ello todavía cuando volvió a ver a la chica.
La descubrió al pie del árbol centenario, bailando en torno a él. Manuel se quedó mirando, fascinado, cómo sus gráciles pies descalzos se deslizaban sobre las raíces sin tropezar con ellas, casi como si flotaran. Contempló sus movimientos, aquella danza salvaje y exótica que no se asemejaba a nada que hubiera visto antes, pero que parecía tener su propio ritmo, el ritmo de todas las cosas, un ritmo que incluso los latidos del corazón del vigilante parecían seguir. Todavía estaba enredada en la sarta de bombillas que se había llevado un rato antes, y resultaba una imagen chocante, con su cabello flotando en torno a ella, bailando, envuelta en inútiles bombillas apagadas. Debería ser un espectáculo grotesco, y no lo era; la chica debería parecer ridícula, pero Manuel la encontró más encantadora que nunca.
Y entonces vio, turbado y estupefacto, cómo ella se arrancaba las bombillas, deshaciéndose de ellas como de un molesto estorbo, y acto seguido se quitaba la ropa, sin dejar de bailar, hasta quedar desnuda bajo las luces del árbol de Navidad.
“Ahora sí que sé que está completamente loca”, pensó Manuel, aturdido, sin saber muy bien si acercarse o no a ella.
Sin embargo, enseguida sucedió algo que lo hizo decidirse: porque, antes de que Manuel se diera cuenta, la chica se abrazó al tronco y comenzó a trepar por él con envidiable agilidad.
—¡Eh! —le gritó él, perplejo y alarmado—. ¡Baja de ahí! ¡No puedes hacer eso!
La muchacha no lo escuchó. Estaba ya a una altura considerable e iba directa a la estrella que brillaba en lo alto del árbol. “La luz”, pensó Manuel. Estaba claro que era eso lo que le llamaba la atención; pero estaba demasiado alta, era una locura. Maldiciendo por lo bajo, corrió hacia allí y se dispuso a trepar tras ella para obligarla a bajar.
Al llegar junto a las raíces descubrió, estupefacto, algo extraordinario: de la tierra nacían docenas de pequeñas flores blancas, flores que antes no estaban allí, que parecían haber brotado bajo los pies descalzos de la muchacha perdida que había estado bailando, momentos antes, en torno al árbol centenario.
“Estoy soñando”, se dijo Manuel, muy confuso. Pero la chica seguía trepando por las ramas, y se concentró en detenerla como fuera, antes de que resbalara y cayera al suelo.
Nunca llegó a saber cómo demonios consiguió alcanzarla. El árbol era enorme y altísimo y, aunque no resultaba difícil ascender por sus ramas, sí era peligroso. Sin embargo, Manuel fue sin dudarlo en pos de la muchacha perdida, y logró agarrarla por el tobillo cuando ella ya alcanzaba la estrella.
—¡Baja de ahí! —le gritó, aun a sabiendas de que ella no podía entender sus palabras; esperaba, al menos, que captase la intención—. ¡Vas a hacerte daño!
Ella apenas lo escuchó. Cogió la estrella y tiró de ella.
—¡No, no hagas…! —empezó Manuel.
Demasiado tarde. La estrella chisporroteó y se apagó. La chica la dejó caer, indiferente; el objeto chocó contra el suelo, varios metros más abajo, y se rompió en mil pedazos.
En esta ocasión, Manuel no dijo nada.
Porque la muchacha se había encaramado a la rama más alta y miraba hacia lo alto, y su rostro mostraba una dulce y radiante expresión de éxtasis, como si hubiera encontrado algo largamente anhelado. Manuel comprendió enseguida qué había atrapado su atención.
Era la luna, su tenue disco plateado presidiendo el cielo.
La luna, que relucía sobre ellos, bañando sus rostros y el cuerpo desnudo de ella.
La muchacha dejó escapar un curioso sonido, entre gorjeo, risa y gemido. Sacudió el pie, y Manuel le soltó el tobillo.
—¿Es la luna? —le preguntó, sintiéndose, sin embargo, un poco estúpido—. ¿La luna es la luz que estabas buscando?
Ella no contestó. Seguía contemplando la luna como si fuera lo más hermoso que hubiera visto jamás. Y, en su expresión de júbilo, Manuel vio reflejada su propia añoranza, algo que había estado oculto en su corazón, la luz de la luna, de aquellas estrellas que tachonaban el cielo, y que las luces artificiales de la ciudad se esforzaban tanto por ocultar.
Volvió a la realidad cuando ella se puso en pie sobre la rama, aún con los ojos fijos en la luna, y abrió los brazos.
Manuel entendió enseguida lo que iba a hacer.
—¡NO! —pudo gritar, antes de que ella diera un salto y se arrojara al vacío, como una hoja en otoño.
Manuel se lanzó hacia adelante, manoteó en el aire, tratando de agarrarla antes de que cayera. Consiguió abrazarla. Pero perdió el equilibrio, y tuvo la suerte de que una rama lo retuviera allí y le impidiera caer al suelo.
Se dio cuenta entonces de que ya no tenía entre sus brazos a la chica perdida. Jadeó, atónito y aterrado, al ver lo que estaba aferrando: una piel, una piel humana, la piel de la muchacha, que ahora no parecía más que un inútil disfraz desinflado. Con un pequeño grito de horror, Manuel dejó caer aquella piel, que se deshizo entre sus dedos, transformándose en un fino polvo dorado. Sintiéndose inmerso en un extraño sueño, el vigilante, todavía temblando entre las ramas, miró en torno a sí.
Y entonces, la vio.
Estaba suspendida en el aire, frente a él. La luz de la luna bañaba su verdadero cuerpo, luminoso, sobrenatural; sus delgadas alas transparentes, que temblaban a su espalda como gotas de rocío; sus inmensos ojos rasgados, negros, todo pupila, tan profundos, sabios, eternos, que lo miraban fijamente. Manuel no se atrevió a moverse. La contempló, fascinado, preguntándose si estaba soñando.
La criatura rió, feliz, y fue una risa cantarina y musical, que coreó el susurro de la brisa en las hojas del árbol centenario. Se acercó un poco más al vigilante, que quiso retroceder, intimidado, pero no fue capaz. Y depositó un suave beso en los labios de él, apenas un roce, y después, hizo vibrar sus alas y echó a volar.
Manuel la vio dar un par de vueltas en torno al árbol, quizá para despedirse, jugando con las ramas, acariciando sus hojas, fluyendo en el aire nocturno como un suave aroma arrastrado por el viento; y después la contempló, maravillado, mientras se elevaba sobre el centro comercial hacia el cielo nocturno, como una estrella fugaz que regresara a lo más profundo del cosmos.
Y ella desapareció, de vuelta a su hogar, dondequiera que éste estuviese. Y de aquella noche no quedó más que el círculo de flores que nacieron en pleno invierno, en el corazón del centro comercial, en torno al árbol centenario, bajo los pies del hada que había bailado allí, a la luz de la luna.
Y Manuel se acurrucó allí, entre las ramas, y lloró como un niño.
jueves, 3 de noviembre de 2011
Carta de Esculapio a su hijo
¿Quieres ser médico, hijo mío? ¿Has pensado bien en lo que ha de ser tu vida?Tendrás que renunciar a la vida privada; mientras la mayoría de los ciudadanos pueden, terminada su tarea, aislarse lejos de los inoportunos, tu puerta quedará siempre abierta a todos; a toda hora del día o de la noche vendrán a turbar tu descanso, tus placeres, tu meditación; ya no tendrás hora que dedicar a la familia, a la amistad o al estudio; ya no te pertenecerás.
Los pobres, acostumbrados a padecer, no te llamarán sino en casos de urgencia; pero los ricos te tratarán como esclavo encargado de remediar sus excesos; sea porque tengan una indigestión, sea porque estén acatarrados; harán que te despierten a toda prisa tan pronto como sientan la menor inquietud, pues estiman en muchísimo su persona. Habrás de mostrar interés por los detalles más vulgares de su existencia, decidir si han de comer ternera o cordero, si han de andar de tal o cual modo cuando se pasean. No podrás ir al teatro, ausentarte de la ciudad, ni estar enfermo; tendrás que estar siempre listo para acudir tan pronto como te llame tu amo.
Eras severo en la elección de tus amigos; buscabas a la sociedad de los hombres de talento, de artistas, de almas delicadas; en adelante, no podrás desechar a los fastidiosos, a los escasos de inteligencia, a los despreciables. El malhechor tendrá tanto derecho a tu asistencia como el hombre honrado; prolongarás vidas nefastas, y el secreto de tu profesión te prohibirá impedir crímenes de los que serás testigo.
Tienes fe en tu trabajo para conquistarte una reputación; ten presente que te juzgarán, no por tu ciencia, sino por las casualidades del destino, por el corte de tu capa, por la apariencia de tu casa, por el número de tus criados, por la atención que dediques a las charlas y a los gustos de tu clientela. Los habrá que desconfiarán de ti si no gastas barbas, otros si vienes de Asia; otros si crees en los dioses; otros, si no crees en ellos.
Te gusta la sencillez; habrás de adoptar la actitud de un augur. Eres activo, sabes lo que vale el tiempo, no habrás de manifestar fastidio ni impaciencia; tendrás que soportar relatos que arranquen del principio de los tiempos para explicarte un cólico; ociosos te consultarán por el solo placer de charlar. Serás el vertedero de sus disgustos, de sus nimias vanidades.
Sientes pasión por la verdad; ya no podrás decirla. Tendrás que ocultar a algunos la gravedad de su mal; a otros su insignificancia, pues les molestaría. Habrás de ocultar secretos que posees, consentir en parecer burlado, ignorante, cómplice. Aunque la medicina es una ciencia oscura, a quien los esfuerzos de sus fieles van iluminando de siglo en siglo, no te será permitido dudar nunca, so pena de perder todo crédito. Si no afirmas que conoces la naturaleza de la enfermedad, que posees un remedio infalible para curarla, el vulgo irá a charlatanes que venden la mentira que necesita.
No cuentes con agradecimiento; cuando el enfermo sana, la curación es debida a su robustez; si muere, tú eres el que lo ha matado. Mientras está en peligro te trata como un dios, te suplica, te promete, te colma de halagos; no bien está en convalecencia, ya le estorbas, y cuando se trata de pagar los cuidados que le has prodigado, se enfada y te denigra.
Cuanto más egoístas son los hombres, más solicitud exigen del médico. Cuanto más codiciosos ellos, más desinteresado ha de ser él, y los mismos que se burlan de los dioses le confieren el sacerdocio para interesarlo al culto de su sacra persona. La ciudad confía en él para que remedie los daños que ella causa.
No cuentes con que ese oficio tan penoso te haga rico; te lo he dicho: es un sacerdocio, y no sería decente que produjera ganancias como las que tiene un aceitero o el que vende lana.
Te compadezco si sientes afán por la belleza; verás lo más feo y repugnante que hay en la especie humana; todos tus sentidos serán maltratados. Habrás de pegar tu oído contra el sudor de pechos sucios, respirar el olor de míseras viviendas, los perfumes harto subidos de las cortesanas, palpar tumores, curar llagas verdes de pus, fijar tu mirada y tu olfato en inmundicias, meter el dedo en muchos sitios. Cuántas veces, un día hermoso, lleno de sol y perfumado, o bien al salir del teatro, de una pieza de Sófocles, te llamarán para un hombre que, molestado por los dolores de vientre, pondrá ante tus ojos un bacín nauseabundo, diciéndote satisfecho: "Gracias a que he tenido la preocupación de no tirarlo". Recuerda, entonces, que habrá de parecer que te interese mucho aquella deyección. Hasta la belleza misma de las mujeres, consuelo del hombre, se desvanecerá para ti. Las verás por las mañanas desgreñadas, desencajadas, desprovistas de sus bellos colores y olvidando sobre los muebles parte de sus atractivos. Cesarán de ser diosas para convertirse en pobres seres afligidos de miserias sin gracia. Sentirás por ellas más compasión que deseos. ¡Cuántas veces te asustarás al ver un cocodrilo adormecido en el fondo de la fuente de los placeres!
Tu vida transcurrirá como la sombra de la muerte, entre el dolor de los cuerpos y de las almas, entre los duelos y la hipocresía que calcula a la cabecera de los agonizantes; la raza humana es un Prometeo desgarrado por los buitres. Te verás solo en tus tristezas, solo en tus estudios, solo en medio del egoísmo humano. Ni siquiera encontrarás apoyo entre los médicos, que se hacen sorda guerra por interés o por orgullo. Únicamente la conciencia de aliviar males podrá sostenerte en tus fatigas. Piensa mientras estás a tiempo; pero si indiferente a la fortuna, a los placeres de la juventud; si sabiendo que te verás solo entre las fieras humanas, tienes un alma bastante estoica para satisfacerse con el deber cumplido sin ilusiones; si te juzgas bien pagado con la dicha de una madre, con una cara que te sonríe porque ya no padece, o con la paz de un moribundo a quien ocultas la llegada de la muerte; si ansías conocer al hombre, penetrar todo lo trágico de su destino, ¡hazte médico, hijo mío!
viernes, 13 de mayo de 2011
Cuando una puerta se cierra...
miércoles, 11 de mayo de 2011
Me he enamorado de un oso polar...
domingo, 8 de mayo de 2011
Me preguntas ¿Qué es la madre?
Junta el perfume de todas las flores,
y el arrullo de todas las olas;
la firmeza de todas las montañas,
y la inquietud de todos los ríos;
la frescura de todos los valles,
y la mirada de todas las estrellas;
la caricia de todas las brisas,
y el beso de todos los labios.
Todo guardado por Dios en un corazón de mujer:
Eso es la madre
domingo, 27 de marzo de 2011
La paz perfecta
El rey observo y admiró todas las pinturas, pero solo hubieron dos que a él realmente le gustaron y tuvo que escoger entre ellas.
La primera era un lago muy tranquilo. Este lago era un espejo perfecto donde se reflejaban unas plácidas montañas que lo rodeaban. Sobre estas se encontraba un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos quienes miraron esta pintura pensaron que esta reflejaba la paz perfecta.
La segunda pintura también tenia montañas pero estas eran escabrosas y descubiertas. Sobre ellas había un cielo furioso del cual caía un impetuoso aguacero con rayos y truenos. Montaña abajo parecía retumbar un espumoso torrente de agua. Todo esto no se revelaba para nada pacifico.
Pero cuando el rey observó cuidadosamente, miró tras la cascada un delicado arbusto creciendo en una grieta de la roca. En este arbusto se encontraba un nido. Allí, en medio del rugir de la violenta caída de agua, estaba sentado plácidamente un pajarito en el medio de su nido ...
Paz perfecta ... el pueblo entero se preguntaba qué cuadro elegiría el rey.
El sabio rey escogió la segunda, y explicó a la gente el porque...
"Porque," explicaba el rey, "Paz no significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro o sin dolor. Paz significa que a pesar de estar en medio de estas cosas permanezcamos calmados dentro de nuestro corazón. Este es el verdadero significado de la paz."
viernes, 4 de febrero de 2011
Lo esencial es invisible para los ojos
-¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vió nada.-Estoy aquí, bajo el manzano -dijo la voz.
-¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!
-Soy un zorro -dijo el zorro.
-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!
-No puedo jugar contigo,- dijo el zorro- No estoy domesticado.
-¡Ah, perdón!- dijo el principito.

-¿Qué significa "domesticar"?
-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?
-Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa "domesticar"?
-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?
-No -díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear vínculos... "
-¿Crear vínculos?
-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...
-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...
-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.
-¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.
El zorro pareció intrigado:
-¿En otro planeta?
-Sí.
-¿Hay cazadores en ese planeta?
-No.
-¡Qué interesante! ¿Y gallinas?
-No.
-Nada es perfecto -suspiró el zorro.
Y después volviendo a su idea:
-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sól. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.
El zorro se calló y miró un buen rato al principito:
-Por favor... domestícame -le dijo.
-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.
-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
-¿Qué debo hacer? -preguntó el príncipito.
-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...
El principito volvió al día siguiente.
-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejempló, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la feliçidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunça sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.
-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.
-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando el día de la partida:
-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.
-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...
-Ciertamente -dijo el zorro.
- ¡Y vas a llorar! -dijo el principito.
-¡Seguro!
-No ganas nada.
-Gano -dijo el zoro- he ganado a causa del color del trigo.
Y luego añadió:
-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.
El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:
-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:
-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.
Y volvió con el zorro.
-Adiós -le dijo.
-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple:
Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.
-Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.
-Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.
-Es el tiempo que yo he perdido con ella... -repitió el principito para recordarlo.
-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...
-Yo soy responsable de mi rosa... -repitió el principito a fin de recordarlo.
Probablemente este sea mi capítulo favorito de este gran libro (no por su tamaño, claro).
Además es la primera parte de la que tengo memoria, o que recuerdo haber entendido cuando la primera vez que lo escuché en una radio, una tarde de año nuevo hace mil años atrás…
Por cierto, un dato curioso para salir de la melancolía: ¿sabían que se cree que el autor comenzó a escribir el libro aquí cerca en Argentina, en Concordia? Se cree que se inspiró en unas niñas muy traviesas a las que describe luego en sus memorias.
domingo, 23 de enero de 2011
Huellas en el corazón
Al saberse admirado, el joven se sintió más orgulloso aún, y con mayor convicción afirmó que el suyo era el corazón mas hermoso de todo el lugar. De pronto un anciano salió de la multitud y le habló:
-¿Por qué dices eso? Tu corazón no es tan hermoso como el mío.
Con sorpresa, la multitud y el joven miraron el corazón del viejo y vieron que, si bien latía vigorosamente, estaba cubierto de cicatrices, incluso había agujeros y zonas donde faltaban trozos que habían sido reemplazados por otros que no correspondian, pues se veían los bordes disparejos. El joven se echó a reir.
-Debes estar bromeando -dijo- Comparar tu corazón con el mío... El mío es perfecto. En cambio, el tuyo es un montón de cicatrices y dolor.
-Es cierto- replicó el anciano-: tu corazón luce perfecto, pero yo jamás me comprometería contigo.Mira, cada cicatriz representa una persona a la cual entregué todo mi amor. Me arranqué trozos del corazón para dárselos a cada uno de aquellos a quienes he amado. Muchosm, a su vez, me han obsequiado trozos del suyo, que he puesto en el lugar que quedó abierto. Como las piezas no eran iguales, se ven estos bordes disparejos, de los cuales me alegro porque me recuerdan el amor que he compartido. También hubo oportunidades en las cuales entregué un trozo de mi corazón a alguien, pero esa persona no me ofreció nada a cambio: entonces ahí quedaron estos vacíos. A pesar del dolor que las heridas me producen, me recuerdan que sigo amando a esas personas y alimentan la esperanza de que algún día tal vez regresen y llenen el vacío que han dejado. ¿Comprendes ahora lo que es verdaderamente hermoso? -remató el anciano.
El joven permaneció en silencio, pero lágrimas corrían por sus mejillas. Se acercó al anciano, se arrancó un trozo del corazón y se lo ofreció. El anciano lo recibió y lo puso en su corazón, le quitó un trozo y con él tapó la herida abierta del joven. La pieza se amoldó, pero no a la perfección: se notanban los bordes.
El joven miró su corazón, que ya no era perfecto pero lucía mucho más hermoso que antes, porque el amor fluía en su interior.








